JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tal nombre estaba visto que había de causar sensación aquella noche, pues hizo tal efecto en el barón, que se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta, sin poder creer lo que oía.
Antes de llegar a dicha puerta, vio a Richelieu en la penumbra del corredor, y exclamó tartamudeando:
—¡El duque…!
—Sí, querido amigo, el mismo en persona —replicó Richelieu con amable tono—. ¡Oh!, esto os asombra después de lo que sucedió en la última visita; pero sin embargo es cierto, ya lo veis. Ahora la mano, si no lo tomáis a mal.
—Señor duque, me honráis en demasía.
—Querido, veo que has perdido el seso —dijo el anciano mariscal entregando el bastón y el sombrero a Nicolasa para sentarse más cómodamente en un sillón—: Según parece, chocheas ya y no estás en el mundo.
—Sin embargo, duque, creo —respondió Taverney muy conmovido— que la manera que tuviste de recibirme el otro día era tan significativa que no daba lugar a duda.