JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Oye una palabra más, Nicolasa.

De pronto se oyó la campanilla de la puerta de la calle y Taverney y Nicolasa se estremecieron.

—¿Quién será el que ha llamado a las once y media de la noche? —dijo el barón—; ve a verlo.

Abrió Nicolasa, interrogó al visitante cómo se llamaba, y dejó la puerta medio abierta.

Por esta venturosa abertura, una sombra que salía del patio huyó; pero produjo mucho ruido para que el mariscal, pues él era el que había entrado, se volviese y viera la fuga.

Marchaba Nicolasa delante llevando una bujía en la mano y sin encogimiento.

—¡Tate, tate! —dijo el mariscal sonriéndose y siguiéndola al salón—; ese tunante de Taverney sólo me habló de su hija.

Era hombre el duque que no necesitaba mirar dos veces las cosas para verlas, y verlas por completo. La sombra que escapaba le hizo, pues, pensar en Nicolasa, y Nicolasa en la sombra; acertó en el bello rostro de la joven lo que la sombra había ido a hacer, y así que vio los ojos tan maliciosos, los dientes tan blancos y cintura tan delgada de la criadita, no fue necesario más que conocer su carácter e inclinaciones.

Anunció Nicolasa, no sin que le latiese precipitadamente el corazón, en la entrada de la sala:

—¡El señor duque de Richelieu!


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