JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Entonces M. de Taverney creyó caritativamente que debía pasarle la mano por las mejillas y la barba sin duda para entretenerla.

Siguió en sus trece Nicolasa, y rechazando toda clase de consuelos, se quejaba de su desgraciada suerte.

—En verdad —decía gimoteando—, que estoy encerrada entre cuatro pícaras paredes sin tener trato con nadie, y aun sin respirar el aire libre; mas para eso se abrió ante mis ojos mejor perspectiva, haciéndoseme saber que en lo sucesivo iba a divertirme.

—¿Cómo y dónde? —interrogó el barón.

—¿Dónde había de ser? —replicó Nicolasa—; ¡en Trianón!, allí hubiera visto gente o hubiera contemplado el lujo; hubiera mirado o me hubieran mirado a mí.

—¡Oh!, ¡oh! Nicolasa —dijo el barón.

—Para eso he nacido mujer y valgo como otra cualquiera.

—¡Voto al diablo! Esto sí que se llama hablar; aquí hay vida: hay movimiento. ¡Oh! ¡Si yo me encontrara joven y rico…!

Y no pudo evitar de arrojar una mirada de admiración y codicia a tanta juventud, saber y hermosura.

Poníase pensativa Nicolasa, y de vez en cuando se mostraba impaciente.

—Vamos, señor, acostaos —dijo—, para que yo pueda hacer lo mismo.


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