JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No cabe duda —dijo Taverney cuyo corazón palpitaba—, pero desgraciadamente está ocupado el puesto.
—¡Oh! Si hubiese una mujer —continuó el mariscal—, que sin tener los vicios de esas prostitutas, tuviera tanto atrevimiento, cálculo y amplitud de miras como ellas: una mujer que elevara tan alto su fortuna, que se hablase de ella aun cuando no existiera la monarquÃa. Barón, ¿tu hija es mujer de talento?
—¡Oh!, mucho, y sobre todo muy buen criterio.
—¡Y qué hermosa es!
—¿Lo crees tú as�
—Tiene ese corte voluptuoso y encantador que tanto agrada a los hombres, ese candor, esa flor de virginidad que impone respeto hasta a las mujeres… Amigo mÃo, es necesario cuidar ese tesoro…
—Me hablas de ella con un calor…
—¡Yo!, te digo que estoy locamente enamorado, y que mañana mismo me casarÃa con ella si no fuera por estos malditos sesenta y cuatro años… ¿Pero está bien colocada en palacio? ¿Tiene siquiera el lujo que conviene a una flor tan linda? Piensa en ello, barón; esta noche ha entrado sola en su gabinete, sin criadas, sin cazador, con sólo un lacayo del delfÃn que iba alumbrándola delante; esto tiene visos de pobreza.
—¿Y qué pretendes que haga, duque, si ya sabes que no soy rico?