JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Barón, confiesa no obstante —prosiguió Richelieu—, que ya era hora de que nuestro soberano no nos obligase a nosotros que somos nobles, pares y compañeros del rey de Francia a que besemos la mano encanallada de una cortesana de esa Ãndole: ya era tiempo de que nos reuniese en nuestra natural atmósfera, y que después de haber pasado de la Chateauroux, marquesa y de condición a propósito para hacer duquesas, a la Pompadour, la du Barry que se llama solamente Juanita, no pase de la du Barry a alguna Maritornes de cocina, o a alguna labriega. Barón, esto serÃa una cosa humillante, sÃ, serÃa una vergüenza que poseyendo, como poseemos, una corona con casco, bajásemos la cabeza a esas mujercillas…
—¡Oh!, ¡qué verdades tan bien dichas! —murmuró Taverney—, ¡y qué verdad es que en la corte es dónde se aprende!
—No habiendo reina, no debe haber mujeres, y no habiendo mujeres no hay cortesanos; pero el rey protege y enamora a una griseta, y el pueblo se ha sobrepuesto al trono, representándolo Juana Vaubernier, vendedora de lienzos en ParÃs.
—Es verdad, pero…
—Oye, barón —interrumpió el mariscal—, ¿sabes que serÃa un papel brillante el de la mujer de talento que quisiese reinar en Francia hoy?