JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No contestó Taverney, lo que hizo fue encogerse de hombros y quedarte pensativo, no sin que le persiguiese con su indagadora vista el implacable Richelieu.
—¿A que adivino lo que dirías si en vez de pensar, hablases en voz alta? —prosiguió el anciano mariscal aproximando su sillón al del barón—; diríais que el rey está acostumbrado a vivir con malas compañías, que desciende de su esfera, como se dice en los Porchcrons, y que por lo mismo se abstendrá muy bien de fijar la vista en esa noble joven, de aire casto y amores puros; que por lo mismo no reparará en el tesoro de gracias y encantos… él, que únicamente se enamora de palabras licenciosas, guiñadas libertinas y chanzonetas de mal género.
—Ya se ve que eres un gran hombre.
—¿Y por qué?
—Por haber adivinado lo que estaba pensando —dijo Taverney.