JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Barón, Nicolasa no tiene igual en la corte, o a lo menos asà me lo parece. Respecto a la ilustre dama con quien, lo declaro, tiene cierta semejanza aparente, vamos a poner a cubierto el amor propio. Tenéis unos cabellos rubios hermosÃsimos, Nicolasa, unas cejas y una nariz perfecta; pero con que os sentéis delante de un tocador un cuarto de hora, desaparecerá lo que al señor barón le parecen imperfecciones. Nicolasa, ¿querrÃas tú ir a Trianón?
—¡Oh! —exclamó Nicolasa, expresando con este monosÃlabo toda la codicia que encerraba su alma.
—Pues iréis a Trianón, querida; iréis, y allà haréis suerte sin perjudicar a la de los demás. Barón, una palabra y me marcho.
—Decid cuanto os plazca, mi querido duque.
—Hija mÃa; vete —dijo Richelieu—, y déjanos hablar.
Salió Nicolasa y el duque se aproximó al barón.
—Si insisto en que envÃes a tu hija una doncella es porque esto será del agrado del rey. A su Majestad no le gusta la miseria, y las criadas bonitas no le causan miedo. En fin, yo sé lo que me digo.
—Que vaya Nicolasa a Trianón, supuesto que crees agradará esto al rey —replicó el barón sonriéndose.
—Entonces, si me autorizas, yo me la llevaré, y con eso se aprovechará de la carroza.