JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No tengáis miedo si oÃs ruido o veis luz, porque está habitado por un antiguo criado impedido que me acompaña. Advertidlo también a Gilberto, no sea que vaya a incomodarle, y decirle además que necesito hablar con él mañana. Conque no lo olvidaréis, ¿es cierto, amigo mÃo?
—Os digo con seguridad que no. ¿Pero nos vais a abandonar tan pronto?
—No lo sé todavÃa —repuso Balsamo sonriendo—, aunque necesitaba llegar a Bar-le-Duc mañana en la noche.
Exhaló La-Brie un profundo suspiro de resignación, y dirigiendo su última mirada al lecho, acercó su bujÃa a la chimenea para caldear la habitación, quemando todos aquellos papeles.
—No —le dijo Balsamo deteniéndole—, dejad esas gacetas, pues si no duermo, me distraeré leyéndolas. La-Brie se inclinó, y se retiró.
Balsamo aproximóse entonces a la puerta, para escuchar las pisadas del viejo criado, que primero se oyeron en la escalera, y después siguieron resonando hasta el cuarto en que vivÃa.
Enseguida se asomó a la ventana, y divisó en la otra nave del pabellón el aposento o más bien boardilla de La-Brie; y gracias a la luz, que aún permanecÃa encendida, pudo observar a la joven que se desnudaba, asomándose a veces a la ventana para mirar hacia el patio.