JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La alegrÃa que sintió La-Brie es imposible describirla, al ver tan extraordinaria generosidad. ¡HacÃa más de veinte años que sus ojos no habÃan visto brillar oro…!
Casi no se convencÃa de que era poseedor de aquel tesoro, y fue necesario, para que lo creyera, que el mismo desconocido las introdujese en su bolsillo.
Entonces se retiró, andando hacia atrás como el cangrejo y haciendo reverencias: pero Balsamo le detuvo.
—¿Qué acostumbras a hacer por las mañanas en este castillo? —preguntó.
—El señor barón despierta muy tarde; pero la señorita Andrea madruga siempre.
—¿A qué hora se levanta?
—A eso de las seis.
—¿Duerme alguien en la habitación que cae encima de esta?
—Señor, yo.
—¿Y en la de abajo?
—Nadie, porque allà está el portal.
—¡Bueno!, ¡gracias, amigo! Puedes retirarte.
—Buenas noches, caballero.
—Buenas noches, y no me descuides el carruaje.
—¡Ah!, señor, podéis dormir tranquilo.