JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Esta habitación no es muy alegre; pero no siempre permaneceréis en ella.
—No, sin duda —replicó Andrea—; pero ¿y tú?
—¿Yo?
—Tú, que no concurrirás al salón, al lado de la señora delfina; tú, que no asistirás ni a juegos, ni a paseos, ni a tertulias; tú, que residirás siempre aquÃ, te vas a morir de fastidio.
—Señorita —dijo Nicolasa—, no faltará una ventana por donde pueda verse algo de ese mundo, aunque sólo sea por las rendijas de la puerta. El que ve está expuesto a que le vean, y esto es lo que yo necesito; no os molestéis, pues, por mÃ.
—Nicolasa, insisto en que no; yo no puedo recibirte sin una orden expresa.
—¿De quién?
—De mi padre.
—¿Es esa vuestra última determinación?
—SÃ, mi última resolución.
Sacó Nicolasa de su gorguera la carta del barón de Taverney, diciendo:
—Una vez que ni mis ruegos ni mi cariño os mueven, veamos si tiene poder sobre vos esta recomendación que traigo.
Andrea leyó la carta, que estaba redactada en los siguientes términos: