JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Encerraba aquella reconvención demasiada sensibilidad para que no promoviese la compasión de Andrea. Así es que le dijo:

—Hija mía, tengo aquí quien me sirva, y no puedo tolerar que se aumente la carga de la señora delfina con una boca más.

—¡Bien! ¡Cómo si esa boca fuese tan grande! —dijo Nicolasa con una sonrisa muy graciosa.

—Nicolasa, no importa, es imposible que permanezcas aquí.

—¿Por la semejanza? —preguntó la joven—. ¿No habéis visto mi cara, señorita?

—Es verdad que en ti hay alguna alteración.

—Ya lo creo; figuraos, pues, que ayer se presentó en casa un buen señor, el que ha hecho que den un grado al señorito Felipe, y al ver que el señor barón estaba triste porque no teníais una doncella a vuestro lado, le dijo que era muy fácil convertirme de blanca en negra. Me ha traído en su compañía, ha hecho que me adornen de esta manera, y aquí me tenéis.

Andrea se sonrió, y dijo:

—¿Conque tanto me quieres, que a todo trance te pretendes encerrar en Trianón, dónde estoy casi como prisionera?

Nicolasa lanzó a cuanto le rodeaba una ojeada rápida, pero inteligente, y repuso:


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