JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Esta no habló una palabra de Nicolasa; lo que hizo fue retenerla a su lado, de suerte que entusiasmada y alegre esta, Dios sabe por qué, dispuso al punto una camilla en el gabinete de la derecha que daba a la antecámara, y trató de achicarse haciéndose aérea, por decirlo así, para no estorbar en nada a su señora con su presencia en aquel estrecho albergue.

Salió Andrea para Trianón a eso de la una adornada más pronto y mejor que nunca, porque Nicolasa se excedió a sí misma, sirviéndola con placer, gracia e intención.

Cuando se marchó la señorita de Taverney y Nicolasa se vio dueña de la casa, le pasó revista examinándolo todo, desde las cartas hasta los pequeños objetos del tocador; desde la chimenea, hasta los rincones más ocultos de los gabinetes.

Luego se puso a mirar por la ventana para tomar el aire de la vecindad.

Vio por debajo un gran patio, en el cual estaban los palafreneros limpiando y envolviendo esmeradamente en mantillas los caballos de la delfina.

—¡Palafreneros! —murmuró Nicolasa—, ¡quita allá!

Y volvió la cabeza.


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