JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La pareja marchóse del patio al jardín, y del jardín a la sombría calle de árboles que conduce a Versalles.
Siguió Gilberto a los amantes tan alegre como el tigre cuando olfatea la pista de alguna persona, y contó sus pasos y suspiros, aprendiendo de memoria cuanto les oyó decir. En resumen, debemos creer que le satisfizo y mucho el resultado, pues a la mañana siguiente, sin miramiento ninguno, se asomó a la buhardilla canturreando, poco temeroso de que le viera Nicolasa, antes al contrario, como provocando sus miradas.
Zurcía esta un mitón de seda bordado para su ama; pero así que oyó cantar alzó la cabeza y vio a Gilberto.
Su manifestación primera fue hacerle cierta desdeñosa mueca que olía a vinagre desde muy lejos; pero Gilberto sostuvo aquella mirada y aquella mueca con una sonrisa particular: tan provocadores eran sus ademanes y su modo de cantar, que Nicolasa bajó la cabeza y se ruborizó.
—Me ha comprendido —dijo Gilberto para sí—, y eso era lo que yo deseaba.
Luego dio principio al mismo manejo y Nicolasa tembló hasta el extremo de desear tener una entrevista con Gilberto para aliviar su corazón del peso que en el habían arrojado las miradas burlonas del joven jardinero.