JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Comprendió demasiado bien, que tarde o temprano se declararía la guerra entre Nicolasa y él; pero, como Gilberto era un hombre prudente y político, no quería que dicha guerra diese principio hasta no estar en situación de hacerla de un modo enérgico y ventajoso.
Se decidió a hacerse el mortecino hasta que la casualidad le facilitase una ocasión favorable para resucitar, o hasta que por debilidad o precisión diese Nicolasa un paso que le hiciera perder la ventaja.
Y esto es lo que sucedió al cabo de ocho días, pues como Gilberto acechaba por tarde y noche, acabó por entrever al través de las verjas un plumero que no le era desconocido. Dicho plumero distraía a Gilberto constantemente, porque era el de M. de Beausire, quien había seguido a la corte, emigrando de París a Trianón.
Durante mucho tiempo se la echó de cruel Nicolasa; durante mucho tiempo dejó que M. de Beausire tiritase al frío o se derritiese al sol, y aquella virtud desesperaba a Gilberto; pero una noche sin duda traspasó M. de Beausire los límites de la elocuencia mímica y logró persuadir, porque Nicolasa aprovechó un momento en que Andrea se hallaba comiendo en el pabellón con la señora de Noailles, para descender al patio de las caballerizas, y reunirse con M. de Beausire, quien ayudaba al celador de las mismas a enseñar un potro de Irlanda.