JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Indudablemente Gilberto había visto a Nicolasa; su presencia le dejó estupefacto; quiso cerciorarse de que aquella era su enemiga, y al verse descubierto había huido confuso e iracundo.

Al menos así es como Nicolasa interpretó la escena, y por cierto que tenía razón, así era como convenía interpretarla.

Efectivamente, mejor hubiera querido Gilberto ver al diablo que a Nicolasa; y como la miraba con ojos de envidia desde antaño, como la joven conocía su secreto del jardín de la calle de Coq-Heron, se forjó mil terrores con la llegada de aquel cancerberillo.

Repetiremos que Gilberto huyó confuso, y no sólo confuso, sino colérico, mordiéndose los dedos de rabia.

—Desde hoy, ¡qué me interesa —decía allá para sí—, mi necio descubrimiento de que estaba tan orgulloso…! Aunque Nicolasa tenga un amante, el daño ya está causado, y no por eso la despedirán de aquí, al paso que si ella dice lo de la calle de Coq-Heron, me echarán de Trianón… No soy el que tengo a Nicolasa en mis redes, sino ella la que me tiene a mí en las suyas. ¡Oh rabia!

Y como el amor propio de Gilberto estimulaba su odio, hervía su sangre con una violencia jamás vista.


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