JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y como todo lo estudiaba Nicolasa, no podía dejar de pretender estudiar el rostro de un impertinente, por manera que apenas daba una vuelta por el aposento de Andrea, volvía a asomarse a la ventana, y dirigía la vista hacia la buhardilla, esto es, hacia el que o la que le faltaba al respeto privándola de su mirada por no tener ojos. Una vez la pareció que había huido una persona al acercarse ella; pero como no era creíble, no lo creyó.

Casi se afirmó otra vez en ello porque vio por la espalda al fugitivo, sorprendido en una vuelta más rápida que lo que pensaba.

Nicolasa se valió entonces de una astucia; ocultóse detrás de la cortina dejando la ventana abierta a fin de no infundir sospecha.

Tuvo que aguardar mucho tiempo, pero por último apareció una cabellera negra, luego unas manos tímidas que sostenían en forma de arco un cuerpo inclinado con precaución, y por fin se descubrió perfectamente la figura de un hombre, cuyo aspecto produjo tal asombro a Nicolasa que desgarró toda la cortina por no caer en el suelo.

Era aquella figura la del señor Gilberto, quien observaba allí desde su elevada buhardilla.

Al ver temblar la cortina, Gilberto comprendió la astucia y no volvió a presentarse.

Hizo más, cerró la ventana.


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