JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sin embargo, era peligrosa para él aquella tentación, pues podÃa humillar a sus anchas a la que de aquel modo iba a solicitar el perdón. Pero como habÃa estado una noche y otra estremeciéndose cuando se acordaba de Taverney, con el ojo aplicado a la puerta, devorando la embriagadora hermosura de su voluptuosa hija, cada vez más excitado por la sensación preliminar de su amor propio, ya iba a alzar la mano para descorrer el cerrojo que habÃa echado para que no le sorprendiesen; pero dijo allá para sÃ:
—No, no; esa muchacha procede por cálculo: por temor e interés viene a buscarme; de suerte que siempre ganarÃa algo; ¿y quién sabe si yo perderÃa?
Y reflexionando de esta suerte dejó caer la mano, por manera que Nicolasa, después de llamar a la puerta varias veces, se alejó frunciendo el entrecejo.
La ventaja toda quedó por Gilberto, y Nicolasa redobló entonces su astucia para no perder por completo la suya.
Por último, tantos proyectos y contraminas se redujeron a estas palabras, que los dos partidos beligerantes cruzaron entre sà una tarde a la puerta de la capilla, donde por casualidad se encontraron.
—¡Hola!, buenas tardes, señor Gilberto, ¿vos por aqu�
—¡Hola!, buenas tardes, Nicolasita, ¿vos en Trianón?