JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Ya lo veis, sirvo a la señorita en calidad de doncella.

—Pues yo soy jardinero.

Nicolasa hizo una bonita reverencia a Gilberto, quien la saludó como hombre de corte y se apartaron.

Iba Gilberto a subir a su buhardilla y simuló que proseguía su camino.

Nicolasa salía de su cuarto y continuó su ruta; pero Gilberto bajó nuevamente con la astucia propia del lobo, y siguió a Nicolasa, figurándose que iba en busca de monsieur de Beausire.

Efectivamente, bajo los árboles había un hombre esperando, y Nicolasa se acercó a él; pero como había ya mucha sombra para que Gilberto conociese a M. de Beausire, no lo conoció. Como llevaba plumero, esto provocó de tal modo la atención al mancebo, que dejó a Nicolasa regresar a su habitación y siguió al hombre de la cita hasta la verja de Trianón.

No era M. de Beausire, sino un hombre de bastante edad, o por mejor decir, de una edad avanzada, modales de gran personaje y aire suelto a pesar de su vejez. Gilberto se aproximó pasando casi bajo las barbas de aquel personaje con tanta audacia como imprudencia, y conoció a M. de Richelieu.

—¡Diablo! —dijo—, después del exento el mariscal de Francia: la muchacha va ganando en grados.


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