JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y vos, tÃo? —preguntó Aiguillon.
—¿Cómo supones que uno sospeche que el Parlamento se proponÃa descargar un golpe tan fuerte contra el favorito del rey y de la favorita?… Esos hombres desean que se les pulverice.
El duque tomó asiento con la mano en la mejilla, de la cual brotaba fuego.
—Lo peor es que —prosiguió el anciano mariscal hundiendo el puñal en la herida—, que si el Parlamento te degrada del cargo de par porque has sido nombrado comandante de la caballerÃa ligera, ordenará tu prisión y te condenará a morir en una hoguera el dÃa en que seas nombrado ministro. Aiguillon, desconfÃa de esa gente porque te odia.
Arrostró el duque aquella horrible burla con la constancia propia de un héroe porque su desgracia le engrandecÃa purificando su alma.
Richelieu pensó que aquella constancia era insensibilidad o falta de inteligencia, y que las picadas no habÃan sido bastante hondas, por lo cual dijo: