JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Yo soy el duque de Aiguillon, sÃ, señores.
Hizo el comisionado un cortés saludo, sacó de su cintura un acta en forma y la leyó en voz alta e inteligible.
Era la sentencia circunstanciada, completa y con todos sus detalles en que se declaraba sujeto a graves inculpaciones y sospechas que empañaban su honor, al duque de Aiguillon, suspendiéndole en su empleo de par del reino.
Oyó el duque aquella lectura como oye el estampido del trueno aquel a quien priva del sentido un rayo: ni siquiera se movió, semejando una estatua sobre su pedestal, y ni extendió la mano para tomar la copia de la sentencia que le presentaba el comisionado del Parlamento.
El mariscal, de pie también, pero con aspecto alegre y vivaracho, cogió el papel, lo leyó y contestó al saludo de los comisionados.
Estos se hallaban ya muy lejos, y el duque todavÃa continuaba en su estupor.
—El golpe es duro —dijo Richelieu—, ya no eres par de Francia, y esto es una cosa denigrante.
Volvióse el duque hacia su tÃo como si sólo en aquel momento hubiese recobrado la vida y el pensamiento.
—¿Tú no lo esperabas? —dijo Richelieu en el mismo tono.