JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Bien, querido, iba a decirte que mientras estés en prosperidad, nadie te reconvendrá en tu cara ni tendrás que temer el despecho de los envidiosos; pero procura no cojear ni dar tropiezos, porque entonces es cuando embiste el lobo… Bien te decÃa yo; en la antesala se oye ruido; seguramente vendrán a traerte la cartera… La apreciable condesa habrá trabajado en tu favor desde la alcoba.
Entró el conserje y dijo con cierta zozobra:
—Una comisión del Parlamento.
—¡Toma! —saltó Richelieu.
—¿En mi casa una comisión del Parlamento? ¿Qué me querrán? —respondió el duque poco tranquilo al ver la sonrisa de su tÃo.
—¡En nombre del rey! —prorrumpió una voz sonora al «tin» de la antesala.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Richelieu.
Se levantó M. de Aiguillon extremadamente pálido, y él mismo fue a introducir a los comisionados, detrás de los cuales estaban dos alguaciles impasibles, y a cierta distancia una legión de criados y lacayos sobresaltados.
—¿Qué sucede? —preguntó el duque con voz conmovida.
—¿Es el señor duque de Aiguillon con quién tenemos el honor de hablar? —preguntó uno de los comisionados.