JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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En parte se consoló el anciano mariscal, al ver el júbilo de los parisienses al leer aquella tarde los diez mil ejemplares de la sentencia que se arrebataban de las manos unos a otros en las calles; pero no pudo menos de suspirar cuando Rafté le interrogó acerca del resultado de su visita.

No obstante, se lo contó todo sin callar nada.

—¿Conque hemos parado el golpe? —dijo el secretario.

—Rafté, sí y no, pues la herida no es mortal; pero tenemos en Trianón una cosa que vale más, y que lamento no haber cuidado exclusivamente. Hemos corrido dos liebres, lo cual es una locura, Rafté.

—¿Por qué, si hemos cogido la buena? —replicó Rafté.

—Acuérdate, querido, de que la buena es con frecuencia la que no se ha cogido, y que por esta daría uno la otra: es decir, la que ha cogido.

A pesar de que M. de Richelieu discurría con acierto, Rafté se encogió de hombros.

—¿Tú supones que el rey saldrá de esta, bobo?

—¡Oh!, el rey escapa por donde le acomoda; pero no se trata del rey, que yo sepa.

—Por donde se escapa el rey se escapará la du Barry, teniéndole como lo tiene tan sujeto; y por donde se escape la du Barry se escapará también Aiguillon, porque… Pero no entiendes tú de política, Rafté.


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