JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señora, perdonadme si he dado una nota en falso, porque esta escalera me sofoca… ¡Ah!, ya estamos arriba, permitidme que llame.
La vieja dejó que pasara el duque.
El mariscal tiró del cordón de la campanilla, y la señora de Flageot, que no por haber llegado a ser procuradora, habÃa cesado en sus servicios de ser portera y cocinera, fue a abrir la puerta.
Fueron introducidos los dos litigantes en el gabinete de maese Flageot, donde se hallaron con un hombre furioso, que con la pluma en la boca se estaba rompiendo la cabeza en redactar un alegato terrible a su primer pasante.
—¿Qué es lo que hay, maese Flageot? —preguntó la condesa, a cuya voz volvióse el procurador.
—¡Ah!, señora, servidor vuestro de todo corazón; una silla para la señora condesa de Béarn. ¿Este caballero viene con vos, señora?… Pero, si no me engaño, es el señor duque de Richelieu: ¡el señor mariscal en mi casa…! Otra silla, Bernadet, trae otra silla.
—¿A qué altura está mi pleito, maese Flageot? —dijo la condesa.
—¡Ah!, señora, precisamente me ocupaba de vos.
—Muy bien, maese Flageot, muy bien.
—Y en tal forma, señora condesa, que espero ha de hacer ruido.
—Cuidado con…