JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Hay razón para decir, señor mariscal, que sois tan magnánimo como generoso! —exclamó maese Flageot—; no dejaré de darlo a la fama, señor duque.

—Señor procurador, me honráis excesivamente —respondió Richelieu inclinándose.

—Bernadet —dijo el procurador entusiasmado a su pasante—, en la peroración haréis el elogio del señor mariscal de Richelieu.

—¡No, no!, os lo suplico, maese Flageot —replicó con viveza el mariscal—, ¿qué vais a hacer?, ¡voto al diablo! Me agrada que lo que se llama una buena acción permanezca oculto… Así, pues, no me mencionéis, señor Flageot, pues no transijo en cuestiones de modestia y os desmentiría. ¿Qué decís de esto, condesa?

—Que mi pleito será sentenciado… que necesito una sentencia y la alcanzaré.

—Y yo afirmo que si vuestro pleito se sentencia, será porque el rey haya mandado al tribunal los suizos, la caballería ligera y veinte piezas de artillería —respondió maese Flageot con un aire belicoso que concluyó de consternar a la pleitista condesa.

—¿De manera que pensáis que Su Majestad no puede salir de este atolladero? —preguntó en voz baja Richelieu a Flageot.


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