JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Maese Flageot, como si le hubiera herido un rayo, se quedó asombrado por un momento, pero sacudiendo el golpe como un mártir que confiesa a su Dios, dijo:

—¡Corriente! Bernadet, entregad los legajos a la señora, y anotad el hecho de que el exponente prefiere su conciencia al interés.

—Condesa, dispensadme —le dijo el mariscal al oído—, creo que no habéis meditado bien.

—¿Por qué, señor duque?

—¿Qué haréis con esos legajos que habéis arrebatado a tan valiente defensor?

—Entregarlos a otro procurador, a otro abogado.

—¿Pero no comprendéis —prosiguió el mariscal siempre hablándole al oído—, que supuesto que se ha resuelto que las salas no se ocupen de ningún asunto, otro procurador hará con vuestro pleito lo mismo que maese Flageot?

—¿En este caso es una liga la que han formado?

—¿Creéis a maese Flageot tan tonto que haya ido a hacerse protestante de por sí para perder él sólo su estudio, si sus colegas no debiesen conducirse como él, y apoyarle de consiguiente?

—Señor duque, y vos, ¿qué vais a hacer?

—Yo reconozco que maese Flageot es un procurador honradísimo, y que mis legajos están en su casa tan bien como en la mía… Por lo mismo los dejo en su poder, pagándole, por supuesto, como si siguiera trabajando.


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