JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Efectivamente; me alegro de que me hayáis despertado esa idea.
Mordióse los labios el duque, y preguntó:
—¿IrÃais a Luciennes?
—Sin titubear.
—Pero la condesa du Barry no desarmará la oposición del Parlamento.
—Le diré que deseo que se sentencie mi pleito, y como nada puede negarme de resultas del servicio que le he prestado, manifestará al rey que ese es su gusto. Su Majestad hablará al canciller, y ya sabéis, señor duque, que el brazo del canciller se extiende a larga distancia… Maese Flageot, hacedme el obsequio de estudiar bien mi asunto porque entrará en turno más pronto de lo que creéis; yo os lo aseguro.
Maese Flageot volvió la cabeza con un aire de incredulidad que no hizo modificar su opinión a la condesa.
En este Ãnterin habÃa reflexionado el duque, y dijo:
—Puesto que os encamináis a Luciennes, señora, tened la bondad de hacer allà presentes mis respetos.
—Señor duque, con mucho placer.