JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Somos compañeros de infortunios, y vuestro pleito está en desgracia lo mismo que el mío; de manera que lo que hagáis por vos lo hacéis por mí… Además, podéis manifestar cuánto siento la terquedad del parlamento, agregando que yo soy quien os ha aconsejado que recurráis a la diosa de Luciennes.

—Lo haré, señor duque. Adiós, señores.

—Hacedme el honor de aceptar mi mano para subir a la carroza. Adiós, maese Flageot, os dejo dedicado a vuestras ocupaciones.

Acompañó el mariscal a la condesa hasta el carruaje, y al momento dijo:

—Tenía razón Rafté: los Flageot van a ocasionar una revolución cuando, gracias a Dios, estoy afiliado en los dos partidos. Soy de la corte y del parlamento: la du Barry va a caer por intervenir en la política; pero si se resiste, en Trianón tengo una mina. Está visto que ese tunante de Rafté pertenece a mi escuela, y el día en que sea ministro será necesario nombrarle jefe de mi gabinete.


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