JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Hay un medio —dijo entonces Aiguillon—; pero tal vez no lo adoptará Su Majestad.

—¿Y cuál es? —preguntó ansiosamente la pleitista.

—El recurso que queda al trono de Francia cuando se ve molestado, esto es, acudir al solio de justicia, y decir: ¡yo lo mando!, cuando los oposicionistas se niegan.

—¡Magnífica idea! —exclamó la señora de Béarn entusiasmada.

—Pero que no debe propalarse —replicó Aiguillon con finura haciendo un gesto que comprendió la señora de Béarn.

—¡Oh!, señora —replicó entonces la pleitista—, vos, que tenéis tanto valimiento con Su Majestad, conseguid que diga: «mando que se sentencie el pleito de la señora de Béarn». Además, ya sabéis que se me ha prometido hace mucho tiempo.

M. de Aiguillon se puso a pellizcar los labios, saludó con la vista a la du Barry, y salió del aposento, porque acababa de oír en el patio la carroza del rey.

—¡Ahí está el rey! —dijo la du Barry levantándose para despedir a la pleitista.

—¡Oh, señora!, ¿por qué no consentís que me arroje a los pies de Su Majestad?


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