JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si es para pedirle que decrete haya un solio de justicia, consiento en ello —replicó la condesa con viveza—. Permaneced aquÃ, señora, puesto que tal es vuestro deseo.
Apenas se arregló la toca la señora de Béarn, entró el rey y dijo:
—¡Ah! ¿Estáis acompañada, condesa?
—Señor, es la señora condesa de Béarn.
—¡Señor, justicia! —dijo la anciana haciendo una profunda reverencia.
—¡Oh, oh! —exclamó Luis XV con un tono chancero incomprensible para el que no le conociese—: Señora, ¿os han ofendido?
—Señor, hacedme justicia.
—¿Contra quién?
—Contra el parlamento.
—¡Está bien! —dijo el rey palmoteando—; os quejáis de mis parlamentos, y yo deseo que haya quien los haga entrar razón. Yo tengo también que quejarme, y os pido justicia —agregó imitando la reverencia de la anciana condesa.
—Señor, al cabo, sois vos el rey, y como tal, árbitro supremo.
—Rey, sÃ, pero no siempre árbitro supremo.
—Señor, exponed vuestra voluntad.