JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Todas las noches hago eso, señora; pero ellos manifiestan la suya todas las mañanas. Ahora bien; como estas voluntades son totalmente opuestas, hay tanta distancia entre nosotros como del cielo a la tierra, sucediéndonos lo que a la misma tierra y a la luna, que constantemente están corriendo una tras otra, sin que se encuentren nunca.
—Señor, vuestra voz es muy potente para dominar la griterÃa de esa gente.
—Estáis equivocada, pues ellos son abogados y yo no. Si yo digo que sÃ, ellos dicen que no; de manera que es imposible que nos entendamos… ¡Ah!, si halláis un medio para que cuando yo diga que sÃ, ellos no digan que no, formo alianza con vos.
—Existe ese medio, señor.
—Decid cuál es enseguida.
—Señor, eso es lo que voy a hacer. Disponed que haya un solio de justicia.
—En buen apuro iba a meterme —dijo el rey—: ¿Ignoráis, señora, que un solio de justicia es casi una revolución?
—Es hacer ver a esos rebeldes que vos sois el soberano. Ya sabéis, señor, que cuando el rey manifiesta de este modo su voluntad, sólo él tiene derecho para hablar, y nadie responde. Decidles: ¡yo lo mando!, y bajarán la cabeza…
—Es grandiosa la idea —dijo la du Barry.