JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Qué otra cosa puede esperarse, señor, que lo que concluye de hacer?
—¿Pues qué ha hecho?
—¿Lo ignoráis?
—Algún tanto ha porfiado acerca de M. de Aiguillon, y esto no es un delito que merezca pena de horca… Aunque —agregó el rey mirando a la du Barry—, nuestro caro duque es amigo mÃo. Ahora bien, si los parlamentos han regateado respecto al duque, yo he reparado su malignidad con mi decreto de ayer o anteayer, no recuerdo el dÃa fijo; de manera que estamos en paz.
—Bien, señor —dijo vivamente la du Barry—, la señora condesa viene a decirnos que esos señores vestidos de negro han hecho una de las suyas.
—Pues ¿cómo? —dijo el rey frunciendo el entrecejo.
—Señora, hablad, que el rey lo consiente —dijo la favorita.
—Señor, los consejeros han decidido que no haya tribunal hasta que Vuestra Majestad no les dé la razón.
—No es posible —dijo el rey—, os equivocáis, señora: eso serÃa un acto de rebelión, y confÃo en que mi parlamento no se atreverá a rebelarse.
—Señor, os aseguro…
—¡Oh!, esas son voces que circulan.
—¿Desea oÃrme Vuestra Majestad?