JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Condesa, hablad.
—Pues bien, mi procurador me ha devuelto esta mañana el legajo de mi pleito, manifestándome que como hoy no hay tribunal le es imposible defenderme.
—Repito que no son más que voces para asustar a los tÃmidos.
Y mientras que decÃa esto el rey, se paseaba por el retrete muy agitado.
—Señor, ¿da Vuestra Majestad más crédito a M. de Richelieu que a mÃ? Porque entonces dirÃa que en mi presencia han devuelto al duque sus pleitos, ni más ni menos que a mÃ, y que el duque se retiró muy enojado.
—Llaman a la puerta —dijo el rey por mudar de conversación.
—Señor, es Zamora.
Zamora entró diciendo:
—Mi ama, traigo una carta.
—¿Me permitÃs, señor? —preguntó la condesa—. ¡Ay! ¡Dios mÃo! —dijo de repente.
—¿Qué es eso?
—Es esta carta del señor canciller, que sabiendo que Vuestra Majestad ha tenido la bondad de venir a visitarme, me ruega intervenga para que le concedáis una audiencia enseguida.
—¿Qué más habrá?