JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No obstante, el discurso degeneró en una fraterna tan dura, que la nobleza se sonrió y los parlamentarios empezaron a no encontrarse muy satisfechos.
Ordenaba el rey por boca del canciller que se abreviasen todos los asuntos de Bretaña, pues ya tenía bastante; que el parlamento se reconciliase con el duque de Aiguillon, cuyos servicios eran de su regio agrado, y que no se interrumpiese la administración de justicia; con lo cual todo pasaría como en la dichosa edad de oro, cuando los arroyos corrían murmurando discursos divididos en cinco puntos y del género deliberativo o judicial, y cuando los árboles se hallaban cargados de costales de pleitos, fruta que tenían derecho a coger los señores abogados y procuradores.
Tales golosinas no bastaron al parlamento para reconciliarlo con M. de Maupeou, ni tampoco con el duque de Aiguillon; pero el discurso estaba pronunciado, y no era posible responder.
Despechados los parlamentarios, todos tomaron, con ese admirable conjunto que da tanta fuerza a los cuerpos reunidos, una actitud pacífica e indiferente, que desagradó extremadamente a Su Majestad y a la gente aristocrática de las tribunas.
Púsose la delfina pálida de rabia, y como aquella era la primera vez que veía una resistencia por parte del pueblo, calculaba con frialdad adonde llegaba su fuerza.