JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Le mostró con el dedo la muchedumbre; de las filas de los parlamentarios salieron contra él miradas terribles; pero a esto quedó todo reducido.
El salón de palacio estaba lleno; pues entre interesados y curiosos había más de tres mil personas.
En las afueras, contenida la muchedumbre por las varas de los alguaciles, los bastones y los arqueros formados en masa, indicaba su presencia con ese murmullo inexplicable, que ni es una voz ni articula nada, pero que se oye, no obstante, y puede llamarse con bastante propiedad el rumor de los fluidos populares.
Cuando ya no se oían los pasos, cuando cada uno ocupó su puesto, y el rey ordenó a su canciller con aire sombrío y majestuoso que tomase la palabra, reinó el mayor silencio en el salón.
Anticipadamente sabían los parlamentarios lo que les estaba reservado con el solio de justicia, y comprendían harto bien para qué se les había convocado, debiendo ser para que escuchasen la voluntad real un tanto templada, pero conocían la longanimidad, por no decir timidez del rey, y si algo temían era, más que la sesión, los resultados que iba a producir el solio de justicia.
Tomó la palabra el canciller; y como hablaba con mucha facilidad, su exordio fue muy hábil, abriendo ancho campo a las observaciones de los aficionados al estilo demostrativo.