JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Como la du Barry era mujer, y en manera alguna política, sólo vio una lisonja en lo que a M. de Aiguillon le pareció epigrama y amenaza.

De suerte que contestó con una sonrisa, mientras que su aliado se mordía los labios y palidecía al ver que aún duraba el resentimiento del mariscal.

Desde luego el solio de justicia produjo un efecto favorable para la causa del rey; pero por muy grande que sea un golpe, muchas veces no hace sino aturdir, observándose que cuando pasa el aturdimiento, circula la sangre con más vigor y pureza que antes.

Al menos fue esta la reflexión que hizo al ver salir al rey con su brillante comitiva, un corto grupo de personas vestidas con sencillez y situadas, sin duda para observar, en la esquina del malecón de las Flores y de la calle de la Barillerie.

Aquellas personas eran tres y reunidas en aquel ángulo por casualidad, desde allí habían contemplado, al parecer con interés, las impresiones de la multitud. Aunque no se conocían, una vez puestas en relación por algunas palabras que cruzaron entre sí, diéronse cuenta de la sesión aun antes de que se terminara.

—Están ya bien maduras las pasiones —dijo uno de ellos, que era un anciano de brillantes ojos y honrado semblante—. Un solio de justicia es una gran obra.


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