JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Sà —contestó sonriéndose amargamente un joven—; sÃ, caso de que la obra corresponda con exactitud a las palabras.
—No me cabe duda —replicó el anciano volviéndose—, que os conozco; según creo os he visto en otra ocasión…
—Efectivamente, señor Rousseau, nos vimos el 31 de mayo por la noche.
—¡Ah!, vos sois aquel joven médico, mi compatriota, el señor Marat, en fin.
—Vuestro servidor.
Y se saludaron mutuamente con una reverencia.
No habÃa hablado aún el tercero, que era un hombre joven también y de noble semblante, y que, durante toda la ceremonia, no habÃa hecho otra cosa que contemplar la actitud de la muchedumbre.
El médico fue el primero que desapareció engolfándose en medio de las oleadas del pueblo, quien menos agradecido que Rousseau, le habÃa olvidado ya; pero a cuya memoria aguardaba volver algún dÃa.
El otro joven esperó a que se marchase, y dirigiéndose entonces a Rousseau, le dijo:
—¿Y vos continuáis aqu�
—¡Oh! Ya soy sumamente viejo para ir a meterme en esa barahúnda.