JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No era mucha la distancia de los pilares a la calle de Plastrière, asà que Rousseau anduvo aquel espacio rápidamente, subió a sus habitaciones jadeando como un gamo que se ve perseguido, y cayó en una silla sin poder contestar una palabra a cuantas preguntas le hizo Teresa.
Por fin dio cuenta de su emoción, atribuyéndola a lo que habÃa caminado, al calor, la noticia de lo encolerizado que se puso el rey en el solio de justicia, la vista del terror del pueblo y el rechazo de cuanto acababa de ocurrir.
Replicó Teresa refunfuñando que esto no era una causa para que dejase enfriar la comida; además de que el hombre no debÃa ser un marica que le asustase el menor ruido.
Nada respondió Rousseau a este último argumento que mil veces habÃa proclamado, aunque en distintos términos.
—Esos filósofos —agregó Teresa—, esos hombres de imaginación están cortados por una misma tijera; que en sus escritos no cesan de echársela de fanfarrones; que dicen no temen nada; que Dios y la especie humana son nada para ellos: pero en oyendo ladrar a un perrillo ya piden auxilio; asà que les entra una fiebre por leve que sea, exclaman: «¡Dios mÃo! ¡Me muero!».