JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Teresa, que despreció siempre la virilidad, complexión, talento y costumbres de Rousseau; Teresa, que le veía viejo, achacoso y feo, no temía que le quitasen su marido, porque no podía suponer que las mujeres le mirasen con otros ojos que ella; pero, a pesar de todo, como uno de los suplicios que más apetece una mujer es atormentarse por celos, Teresa se obsequiaba a veces con semejante tormento.

Viendo, pues, que Rousseau se acercaba tantas veces a la ventana pensativo, y que no se estaba quieto en su sitio, le dijo:

—Ya sé de dónde nace toda esa agitación; hace poco que te has separado de alguien.

La miró Rousseau con extraviados ojos, y esto fue para ella una prueba más.

—Alguno a quien deseas volver a ver —continuó diciendo.

—¿Qué es lo que dices? —añadió Rousseau.

—Según veo, tenemos cita, ¿eh?

—¡Oh! —dijo Rousseau adivinando de lo que se trataba—; ¡tú estás loca, Teresa; citas yo!

—Sé bien que sería una locura —dijo—; pero te creo capaz de cometer esa y otras muchas: anda, anda a hacer conquistas, con ese color de papel mascado, tus palpitaciones de corazón, y esa tosecita seca, que son un buen aliciente para adelantar.


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