JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pero, Teresa, bien sabes que no hay nada de eso —dijo Rousseau malhumorado—, déjame, pues, tranquilo acá con mis pensamientos.
—Eres un libertino —dijo Teresa con la mayor seriedad del mundo.
Rousseau se abochornó como si concluyeran de decirle una verdad, o hacerle un cumplido.
Teresa entonces se creyó autorizada para presentar un semblante terrible, trastornar los muebles, dar golpes, y jugar con la tranquilidad de Rousseau como juegan los niños con esos aros de metal que encierran en unas cajas, moviéndolos con gran estrépito.
Retiróse Rousseau a su gabinete, porque aquel tumulto habÃa debilitado algo sus ideas.
Estuvo allà pensando que podÃa ser arriesgado dejar de concurrir a la misteriosa ceremonia de que el desconocido le habló en la esquina del malecón, diciendo Rousseau para sÃ: