JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —El valor, ¿dónde está?, ¿dónde la honra? Tengo miedo hasta de mà mismo, y si me viese en un espejo mirarÃa el rostro de un cobarde y un vil… No, no será asÃ, aunque el Universo se coaligue en perjuicio mÃo, aunque caiga sobre mà una manzana de casas iré… Todo esto que digo es hijo del miedo; desde que habló conmigo ese hombre no hago más que dar vueltas en un cÃrculo de necedades, y dudo hasta de mà mismo. Aquà no hay lógica; me conozco y sé que no soy un hombre entusiasta, de modo que si creà maravillas en la asociación proyectada, es porque las hay. ¿Quién puede asegurar que yo no seré el regenerador del género humano?, ¡yo, a quien han buscado, yo, a quien han venido a consultar bajo la fe de mis escritos, los agentes misteriosos de un poder que no tiene lÃmites! ¡Y he de volver atrás cuando se trata de continuar mi obra sustituyendo la práctica a la teorÃa!
Rousseau iba animándose y continuó:
—¡No hay cosa más hermosa! Las edades caminan, y en su curso los pueblos salen de su embrutecimiento, el paso sigue al paso en la oscuridad, y la mano a la mano en las sombras, elevándose de esta manera la inmensa pirámide, en suya cúspide pondrán los siglos venideros el busto de Rousseau, ciudadano de Genova, que para obrar como ha dicho arriesga su libertad y su vida, en una palabra, ha sido fiel a su divisa: Vitam impendere vero[33].