JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Se apoderó de él un nuevo vértigo, parecido a una embriagadora locura, y una poderosa necesidad de tocar algo que estuviese en contacto con la joven, le impulsó a dar un paso más hacia ella.
El entarimado crujió; un sudor glacial inundó su frente; pero Andrea no dio señales de oÃr nada.
—¡Duerme! —exclamó—. ¡Oh ventura!, ¡está durmiendo!
Y se detuvo a tres pasos, admirado del no acostumbrado brillo de la lámpara que próxima a extinguirse, despedÃa sus postrimeros resplandores, precursores de las tinieblas.
No obstante, el más profundo silencio reinaba en todo el castillo, pues La-Brie estarÃa seguramente dormido, y la luz no se veÃa en el cuarto de Nicolasa.
—¡Adelante! —dijo.
Y avanzó por segunda vez; crujió también el entarimado, pero Andrea no se movió. Tan extraordinario sueño produjo en Gilberto admiración y terror.
—¡Duerme! —repitió con esa volubilidad del pensamiento, que hace variar veinte veces en un minuto las resoluciones de un amante o de un cobarde; pues cobarde es el hombre que es impotente para dominar su corazón. ¡Dios mÃo, duerme! ¡Dios mÃo!