JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y luchando con estas febriles alternativas de temor y de esperanza, continuó avanzando hasta llegar a dos pasos de ella. Todo cuanto le sucedió en aquel momento, fue efecto de algún encanto. Al entrar en el luminoso círculo en que dormía la joven, se sintió como detenido por algún oculto poder, y si en aquel instante hubiese intentado escapar, la fuga le habría sido absolutamente imposible. Sólo tuvo fuerzas para caer de rodillas.

Silenciosa e inmóvil continuaba Andrea como una estatua. Tomó entonces Gilberto con ambas manos la extremidad de su traje, lo estrechó contra sus labios, y levantando después su cabeza lentamente sin atreverse a respirar, trató de encontrar y fijar las miradas de Andrea, cuyos ojos, aunque abiertos, no tenían vista.

Desconociendo Gilberto la causa de aquel maravilloso éxtasis, permanecía de rodillas, fascinado por la sorpresa. Vagó un momento en su mente la espantosa idea de si estaría muerta; y para desengañarse cogió su mano, que encontró tibia; y si bien su pulso latía uniforme, quedó inmóvil en la suya. Arrobado por tan voluptuosa presión, se figuró que Andrea veía, sentía y había adivinado su insensata pasión. Su ciego corazón llegó además a creer que ella esperaba su visita, que el silencio expresaba su consentimiento, y la inmovilidad su favor.


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