JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Entonces levantó la mano de Andrea a la altura de sus labios, e imprimió en ella delirante un apasionado beso.
Se estremeció entonces la joven, y Gilberto sintió que ella le rechazaba.
—¡Soy perdido! —murmuró tocando el suelo con su frente, y abandonando pesaroso la mano.
Alzóse ella de improviso con la cabeza erguida como si obedeciera al impulso de algún resorte, o arrastrada por alguna oculta fuerza, pasó junto a Gilberto rozándole el hombro, sin dignarse siquiera fijar su vista en él, que humillado en tierra, abismado de vergüenza y terror, le faltaba aliento, hasta para implorar un perdón que no esperaba alcanzar, y continuó avanzando hacia la puerta con paso violento y penoso.
Al ver Gilberto que se alejaba Andrea, se levantó sobre una de sus manos, y volviéndose lentamente, la siguió con la vista extraviada.
Ella, en tanto, prosiguió en dirección a la puerta, la abrió, y cruzando la antesala, llegó junto a la escalera.
Gilberto, pálido y trémulo, la siguió arrastrándose sobre sus rodillas.
—¡Ay de mí! —exclamaba—, es su enojo tal, que ni aun se ha dignado manifestármelo. Busca a su padre tal vez, le referirá mi vergonzosa locura, y me echarán a la calle como a un lacayo.