JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El joven enloqueció con la idea de que se vería obligado a abandonar a Taverney, que no vería más a la que era su luz, su alma y su vida, la desesperación le hizo cobrar ánimo: levantóse y se lanzó hacia Andrea gritando:

—¡Perdonadme, señorita, perdonadme por Dios!

Pero esta no dio indicios de haberle oído y pasó adelante sin detenerse en el cuarto de su padre.

Gilberto se tranquilizó.

Subió Andrea la primera grada de la escalera y luego la segunda…

—¡Dios de bondad! —murmuró Gilberto—, ¿adónde va? Esa escalera sólo conduce al cuarto que habita el extranjero y a la boardilla de La-Brie. Si buscara a este llamaría o tiraría de la campanilla. Irá acaso… ¡Oh!, no es posible.

Y sus puños se crisparon por la rabia, sólo al pensar que Andrea se atreviese a entrar en la habitación del extranjero.

Sin embargo, la joven se detuvo ante la puerta de este.

Un sudor frío bañó la frente de Gilberto, y se cogió a los hierros de la escalera para no caer en tierra. Todo cuanto veía y creía adivinar, le parecía horroroso y fatal.


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