JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La puerta de Balsamo estaba entornada. Sin llamar Andrea la empujó. La luz iluminó de pronto sus facciones tan nobles y puras, y se reflejó como oro en sus ojos, que llevaba abiertos.
Fácilmente nuestro joven pudo conocer al extranjero, que estaba de pie en medio de la habitación con la vista fija, entrecejo arrugado y el brazo extendido en actitud imperiosa.
La puerta se cerró.
Gilberto se sintió desmayar. Una de sus manos soltó los hierros, su abrasada frente se apoyó lánguida sobre la otra, y girando sobre sí mismo a semejanza de una rueda que escapa del eje, cayó exánime sobre la helada losa de la primera grada, con la vista fija sobre aquella puerta maldita que concluía de ocultar todos sus ensueños pasados y esperanzas, para el porvenir.