JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No esperó mucho rato, pues un cabriolé que venía corriendo del otro extremo de la calle, dividió el círculo en dos mitades, haciendo que la gente de ambos hemisferios se agolpase a las casas. Rousseau se aproximó al umbral del pasadizo, y observando que todos los curiosos se habían vuelto de espaldas hacia él por atender al cabriolé, se aprovechó de su aislamiento y desapareció en el fondo del oscuro portal.
Transcurridos algunos segundos percibió una luz, y junto a ella un hombre sentado con tranquilidad, como el mercader después de haber hecho su venta, y que leía o fingía estar leyendo una Gaceta.
Al ruido de los pasos de Rousseau, aquel hombre levantó la cabeza y llevóse el dedo al pecho.
Respondió Rousseau a aquel gesto simbólico llevándose un dedo a la boca.
Púsose en pie entonces el hombre, y empujando una puerta situada a su derecha e invisible por lo bien que unía con la pared de madera en que se encontraba, mostró a Rousseau una escalera que terminaba debajo de tierra.
Entró Rousseau, y la puerta se volvió a cerrar.
Apoyándose Rousseau en su bastón bajó los escalones, pareciéndole una cosa no muy agradable que los consocios le impusieran por primera prueba el riesgo de romperse la cabeza y las piernas.