JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero aunque la escalera era empinada, era corta, de suerte que Rousseau contó diecisiete escalones, y al momento se vio invadido por una gran dosis de calor que le dio en los ojos y en el semblante.
Este calor húmedo era el aliento de determinado número de hombres que había reunidos en aquella cueva.
Contempló Rousseau las paredes entapizadas de telas encarnadas y blancas en que aparecían varios instrumentos más simbólicos sin duda que reales y efectivos. De la bóveda colgaba una lámpara que despedía un reflejo siniestro sobre los rostros, bastante honrados sin embargo, de las personas que conversaban entre sí en voz baja, sentadas en bancos de madera.
No había en el suelo entarimado ni tapices, sino una gruesa estera que aminoraba el ruido de los pasos.
Cinco minutos antes nada deseaba tanto Rousseau como semejante entrada, y no obstante, ya sentía haber conseguido también penetrar allí.
En los últimos bancos vio un asiento desocupado, y se instaló en él lo más modestamente que le fue posible, detrás de los demás.