JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Engañado estáis, ilustre hermano —dijo una voz suave y penetrante que atrajo con dulzura a Rousseau—; en la asociación que tenéis a bien aceptar, se encierra nada menos que la suerte futura del mundo, y no ignoráis que porvenir es lo mismo que esperanza, lo mismo que ciencia; ya sabéis que el porvenir es Dios, que debe dar su luz al mundo, puesto que ha ofrecido que la dará, y Dios no miente.
Rousseau se sorprendió al escuchar un lenguaje tan elevado, contempló al que hablaba, y conoció al hombre, joven todavÃa, que le dio la cita aquella mañana en el solio de justicia.
Aquel hombre vestido de negro esmeradamente, y sobre todo con gran distinción, estaba vuelto de espaldas a uno de los frentes laterales de entrada, y su rostro, iluminado por un tenue resplandor, brillaba en toda su belleza, gracia y expresión natural.
—¡Ah! —exclamó Rousseau—; la ciencia es un abismo insondable. Vos me habláis de ciencia, consuelo, porvenir y promesa; pero como otro me habla de la materia, el rigor y la violencia, ¿a quién deberé creer? De suerte que en la asamblea de los hermanos ocurre lo mismo que entre los hambrientos lobos de ese mundo que se agita sobre nuestras cabezas. ¡En todas partes lobos y ovejas…! Escuchad, por lo tanto, mi profesión de fe, supuesto que no la habéis leÃdo en mis obras.