JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Es cierto —dijo Balsamo—, la ocasión es buena y voy a aprovecharla.

—Sí, aprovechadla.

Ya se ve que sí.

—¿Y de qué manera?

—No quiero que sufra ese joven, porque me inspira interés.

—Sois un jefe ilustrado —dijo Marat—; pero ni sois Dios padre, ni Dios hijo, y no podréis impedir que ese buen mozo sufra.

—¿Y si no sufriese, aseguraríais su curación?

—Sería quizá más probable, pero no segura. Dirigió Balsamo a Marat una mirada de triunfo imposible de explicar, y colocándose delante del enfermo, cuyos ojos encontró que se extraviaban y ya anegados en las angustias del terror.

—Dormid —dijo—, no sólo con la boca, sino también con la vista, con la voluntad, con todo el calor de vuestra sangre, en todo el fluido del cuerpo.

En aquel momento empezaba a tocar el cirujano mayor el muslo dañado, llamando la atención de los discípulos sobre la intensidad del mal.

Pero a consecuencia del mandato de Balsamo, se incorporó en la cama, osciló un instante en brazos de los ayudantes, inclinó la cabeza y cerró los ojos.

—Se está poniendo malo —dijo Marat.

—No es cierto.


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