JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Puso, pues, las hilas sobre la arteria, que se estremeció, empezando a hacer borbotones e impidiendo que pasara la sangre sino gota a gota.
Entonces ató la arteria fácilmente.
Balsamo alcanzó con aquello un verdadero triunfo, y todos le interrogaron dónde habÃa estudiado y a qué escuela pertenecÃa.
—Soy un médico alemán de la escuela de Gottinga —dijo—, y soy autor del medicamento cuyos resultados habéis observado. Deseo, no obstante, queridos colegas, que este invento siga oculto algún tiempo, porque temo a la hoguera, y quizá se decidirá el parlamento de ParÃs a actuar una vez siquiera por sentir el placer de quemar vivo a un hechicero.
El cirujano mayor se quedó meditabundo.
Marat meditaba lo mismo.
A pesar de esto, fue el primero que rompió el silencio, diciendo:
—¿No dijisteis antes, que si preguntabais, al enfermo acerca del resultado que tendrá la operación que se le ha hecho, contestarÃa de un modo cierto, a pesar de que ese resultado está velado aún por las nieblas del porvenir?
—Y sigo sosteniéndolo —dijo Balsamo.
—Pues veámoslo.
—¿Cuál es el nombre de ese desgraciado?
—Havard —contestó Marat.